Ella perdida en la profundidad de sus ojos se dispone a besarle, con la oculta intención de que el se pierda en ella. Mirándole como una jonkie, adicta al sabor de su saliva. Si placer tuviera precio, hubieran sido ricos desde la primera caricia, pues se la ve volar. Una mirada, un mordisco, cada suave ráfaga de su aliento le hacen enloquecer y tornan mas reales, si cabe, cada uno de los te quiero que se escapan entre sus labios.
Detenidos en medio de la carretera y, sin preocupación alguna, sentados en esta se abrazan y pelean, ante a atónita mirada de los vehículos que los esquivan. Tras varías piruetas (mas propias de una escuela circense que de dos jóvenes en un paso de cebra), reposan su amor y sus cabezas en la calzada. Azorada a causa de las burlas del coche que se encuentra detenido tras el semáforo se levanta y ambos emprenden otra vez su camino.
Sin parar de guerrear avanzan y retroceden, se sientan abrazados mientras ella espera convertirse en una extensión de su cuerpo de la que jamas prescinda. Se abstrae absorta en sus pensamientos de incomprensión. No entiende el porque ese ser tan prefecto, capaz de hipnotizar a cualquiera con su voz como si de una clásica sirena tentando a Ulises se tratase, ha decidido regalarle su presencia y ha dado la vuelta a su mundo. Ella, que no se cree merecedora de su tiempo y su espacio anhela su dulzura, amor y cariño cual naufraga a la espera de rescate ya que, extrañamente, en eso nos convierte el amor. Los amantes se sienten náufragos el uno en el otro, perdidos en la inmensidad de su belleza, náufragos de su mirada y su cuerpo. Pero estos náufragos no quieren ser rescatados, no. Ellos quieren conocer cada centímetro de esa isla de carne y hueso que les acoge, vagar eternamente por ella y que jamas llegue otro rescate que no sean los dedos de su amado. Ella vuelve a mirarle atontada, al que le ha devuelto la inspiración y le roba cada exhalación.
Los minutos a su alrededor pasan...de largo. Para ella el tiempo no existe en sus brazos, cualquier mal tiene solución si el la cobija en su pecho. A pesar de la edad y las posturas los juegos siguen como si hubiesen vuelto a esas edades en las que no tenías mayor preocupación que ser el que mas alto se columpiaba de todo el parque, cuando al subirse a un árbol tus pantalones y su pulcritud no eran temas de tu agrado, han vuelto a disfrutar de los detalles. No necesitan nada mas que una sonrisa para que todo pierda la importancia adulterada que nuestras mentes "adultas" le otorgan a las nimiedades que nos rodean.
Finalmente llega la hora de despedirse con promesas de reencontrarse con el sol(que empuja a la luna para adelantar ese encuentro) y entre besos eternos sin intención de ser los últimos finalmente se alejan, lentamente y sin mucha seguridad, el uno del otro.
Ella emprende el regreso a casa sola, pero acompañada de su recuerdo y sus caricias. Al amanecer la cama le desagrada si el no esta en ella; consolándose en sueños, donde cada noche le visita. Donde puede susurrarle al odio las palabras mas sinceras que sus labios son capaces de articular, intentando devolverle así una ínfima parte de todo lo que le da. Intentando, inútilmente expresarle lo que le hace sentir al sonreír. Seamos sinceros... explicándole, torpemente, que nadie me había hecho tan feliz y rogándole, incesantemente, que nunca se vaya de mi lado y que perdone mis torpes formas de expresarle todo mi amor, disfrazándolo en historias y terceras personas. Con una única demanda, que me deje disfrutar de su visión, su piel y su respiración. Que, al menos y por siempre, me deje disfrutar de el en el único lugar donde me puedo imaginar merecedora de verme iluminada por su luz, que al menos se quede conmigo en sueños.
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