Describirla es imposible, demasiada perfección junta como para plasmarla en palabras. Solo su melena negra como el carbón, manchada de reflejos azulados, era obnubilante. Sus ojos verdes no te dejaban mirar a ningún otro de sus perfectos rasgos. Las rayas amarillentas que se dibujaban en su iris hacían que te enganchases a ellos. Sus labios carnosos, rosados, de apariencia dulce, eran una perdición. La forma que tenía de humedecérselos con la lengua, como jugaba con ellos, el piercing que los adornaba. Podían representar el erotismo en estado puro.
Pero no solo su cara era perfecta. Sus curvas eran hipnotizantes: sus pechos, suaves, voluminosos y altos; su trasero, duro, respingón, de un tamaño perfecto; sus piernas, largas, finas. Toda ella era perfecta. Y ella lo sabía.
Le gustaba que la miraran. Era coqueta, pero no llegaba a ser vanidosa. Le gustaba pintar sus labios de rojo sangre, alargar sus pestañas, resaltarse lo ojos. Sus escotes, nunca excesivos, mostraban sus rasgos femeninos. Sus pitillos, ajustados, marcando todos sus encantos. Encantos que se veían resaltados por unos tacones de vértigo.
Cuando salía prefería ponerse falda. Todas las noches se la levantada en algún rincón oscuro y dejaba que le hicieran gozar. Ella no ligaba, iba de caza. Buscaba una presa, la atraía a ella y le hacia sentir un placer mayor a todos los que hubiera conocido. Porque, incluso en un turbio rincón oscuro, era increíble. Una diosa.