Ella le quería, él le quería y todo era perfecto. Ella, a su lado era feliz, se sentía completa. Él le trataba bien, le cuidaba, le abrazada, le hacía sentir bonita y segura.
Pero como siempre, ella se rallaba. Pensaba y pensaba. Entonces aparecieron los agobios. Entonces aparecieron la inseguridades. Entonces apareció, de nuevo, el miedo.
Ella prefería estar sola, sin preocuparse por nadie y sin que nadie se preocupara por ella. Era más fácil y tendría menos responsabilidades.
Y se lo dijo, entre sollozos. Le dijo su decisión. Rompió con lo mejor que le había pasado, con el primero que le daba lo que ella necesitaba.
Y no sirvió de nada. Ahora estaba sola, libre y destrozada. Le añoraba, le necesitaba, le quería más que nunca. Se sentía una niña caprichosa, que solo quería lo que no tenía. Pero le quería.
Y, como no, hay estaba el miedo, el miedo a decírselo. Y la culpabilidad. No quería marearle más, no quería hacerle otra vez lo mismo. Pero aún así necesitaba abrazarle y tenerle cerca, muy cerca.
Una vez más, maldijo el miedo.